PABLITO, EL VILLERITO
Carlos Fernando Villanueva
INSPIRACIÓN
10/6/20269 min read


Los martes transcurrían entre la magia de las palabras, y los olores de las pinturas. En la primera hora del ciclo básico de la escuela de Bellas Artes, la literatura universal hacia su entrada triunfal en nuestras mentes, a través de grandes autores como Neruda, Alonso, Nervo, Machado, Lorca, Cortázar, Borges y Márquez. La lectura de poemas en voz alta así como la representación de obras de teatro nos tenían ocupados y alejados del silencio. En la segunda hora, la diversión comenzaba de veras, puesto que en cada salón de pintura despertabamos a los pinceles que dormían en frascos de vidrios, sacabamos las temperas de los muebles y el aroma a papel de las hojas Romani tan característico nos llevaba a crear mundos extraños, pero nuestros. En esas épocas doradas, conocí a dos amigos muy particulares. Ismael, extraño nombre para mi, un niño sin conocimientos bíblicos. Ismael era alto, flaco, con el pelo revoltoso acorde a unos ojos marrones curiosos y a su mirada tan particular sobre la vida. Era más bien del tipo existencialista y cada conversación con él, siempre me dejaba pensando. Hasta ese momento, solo me había cruzado con niños básicos y aburridos, pero Ismael tenía un conocimiento superior.
Pablo, su mejor amigo, era muy parecido físicamente. Un poco más alto, desgarbado, con el pelo largo sobre la frente que le caía como cortina de rancho para resguardar su personalidad reservada pero costumbrista. A diferencia de Ismael, que era hábil en lo discursivo, Pablo contaba con un talento excéntrico pero innato en las artes manuales. La habilidad para dibujar personas con todo tipo de expresiones excede todo lo conocido por mi hasta ese momento. Me recordaba a un señor de pelo largo, viejo, que dibujaba personajes extraños que más tarde supe que era Leonardo Da Vinci. Lo curioso de Pablo era su forma de vestir. Como venía de la primaria con su mejor amigo, salían a las cinco de la tarde y tomaban el colectivo 561 para llegar a tiempo, nunca se sacaba su guardapolvo. Con el bolsillo derecho hecho jirones, y un par de botones colgando, y una expresión de feliz cumpleaños eterna, nunca jamas llego temprano y la martingala del guardapolvo y su mochila de tela sabían lo que era besar el piso polvoriento de la vereda conjunta a la escuela de artes donde estaba la facultad.
Una tarde de agosto me acuerdo, aun siendo tímido, me anime a hablarle porque me llamó poderosamente la atención verlo concentrado (rasgo característico suyo) dibujando a Ismael con una expresión comica en el micro en el que venían. En la caricatura, Ismael se burlaba aparentemente de una señora.
-Hola, ¿Vos sos Pablo, verdad?-dije sin más. Me tembló un poco la voz, todavía recuerdo su sonrisa boba al verme. También era tímido.
-Si si, ¿Charly,no?- y me da la mano. En ella sentí la calidez que solo tienen las personas con una sensibilidad natural. Su buena energía era más que obvia porque alguien con ese talento solo puede irradiar buena vibra a través de sus extremidades superiores. Seguía concentrado en su dibujo.
-Muy bueno, me gustan las expresiones que tienen tus dibujos-dije todavía impactado por lo que veía.
-gracias, este es Ismael haciéndole burla a una vieja en el micro-dijo casi al borde de la risa.-La vieja venía con tres bolsas en la mano izquierda y parecía que hacía fuerza con la derecha, Ismael la imitó como si estuviera en el baño.
El rostro de su amigo en el papel era casi grotesco pero muy realista. Luego se aburrió y comenzó otro dibujo. Ese día el sol estaba suspendido en el mismo lugar hacía horas y la luz le daba a Pablo como un aura extraña. La nueva ilustración revelaba a una mujer con un tapado de piel marrón, muy detallado en los pelos, con unos anteojos negros grandes, el cabello con un corte Tita Merello y unos pansalones ajustados. Me gustaba llamarlos asi porque parecía que, si se descuidaba, los mismos seguirán en subida y la señora los terminaría usando de faja diafragmática. Lo asombroso en el dibujo era la pose de la mujer. Si bien era elegante y coqueta, algo en su rostro no iba bien y no encajaba. Era como si esperara a alguien, impaciente.
Unos días después de eso, cerca de la hora de entrada a la escuela de artes, había mucho revuelo en la cuadra. Coches de la policía estaban estacionados en la puerta de una gomería frente a la institución, porque al parecer habían detenido a dos hombres robando el lugar. A mi me llamó la atención que había una mujer exactamente con la vestimenta que Pablo había dibujado. Parecía esperar a alguien y cuando los hombres fueron detenidos ella se fue. Yo sabía. Pero no supe como decirlo, Pablo solo seguía dibujando y el mundo, tarde o temprano, lo alcanzaba.
-Te traje algo, Pablo-y le entregué una bolsa. Él sonrió-no lo tomes a mal te lo pido por favor. Vos sabes bien como soy y lo que aprecio nuestra amistad.-en ese momento percibió como subía el calor de la vergüenza por mis mejillas.
Era un guardapolvo nuevo que mi padre recibió del trabajo y yo tenía varios.
-Un guardapolvo! Gracias Charly, pero a mi me gusta el mio y tengo muchos en mi casa-mi expresión era comprensiva porque la gente pobre solía decir eso. En eso Ismael se acerca.
-Ahhh otro que cayó en la trampa jaja-dijo desternillándose de risa. No entendí su especie de broma-vos también pensaste que es pobre. No te preocupes Charly, no sos el único.-y a continuación me palmeó el hombro a modo de consuelo.-Pablito no es pobre, pasa que es tremendamente tacaño, ya te vas a dar cuenta. Por eso le puse como apodo el villerito.
Con el tiempo comprendí por qué. En el bolsillo izquierdo de su guardapolvo guardaba migas de pan para los pajaritos de la plaza Dardo Rocha, pero las veces que íbamos a dibujar ahí jamás vi que le tirará nada y nunca ningún ave se acercó a él. Entre ellos, se decían que Pablito el villerito no regalaba nada.
-Te estás superando día a día- le dije un miércoles en que solo cursabamos arte. Había dibujado una pistola humeante con el cañón en primer plano, y más atrás el que la empuñaba con expresión de enojo. Ese día el aroma a tierra mojada se mezclaba con el de las témperas y la sensación de vivir en impotencia era abrumadora. Pablito seguía en su mundo cada vez más absorto y solamente yo parecía darme cuenta que los dibujos que hacía terminaban por suceder. Demás está decir que preferí optar por guardar la información pero no por mezquino sino por cauto.
-No podes estar acá. Vos sos de la facultad, y esto es una escuela-la voz inconfundible de Alberto, el regente, retumbaba en los pasillos de la escuela. El edificio era hexagonal con un patio concéntrico y estaba unido en un flanco al edificio de la Facultad de Artes.
-Tengo que ir al baño, y están cerrados, no lo puede prohibir-dijo el joven. Era alto, no mucho, vestía una remera roja y uno tiradores de alpaca, lo que le daba cierto aire arlequín porque su cabello era ondulado como la lana de una oveja.
-Si te lo puedo prohibir-Alberto mantenía la calma. Pero los que lo conocíamos sabíamos que no le duraría mucho.-no te toques y andate-el sujeto había amagado con orinar en un tacho de basura.
-¿Quieres pelear viejo?-lo desafío el joven. Su tono parecía de burla lo que enfureció más al regente. Se quitó su suéter (que parecía una extensión más de su cuerpo) y se lo colgó en el hombro derecho. Por mi parte, ya entendía su intención.
Pablo, Ismael y yo estábamos en un rincón cerca de la oficina del director porque habíamos ido a lavar los pinceles que ya pedían un baño urgente. Mirábamos la escena desde escasos cuatro o cinco metros.
De pronto sucedió algo que nadie (a excepción de Pablito) esperaba. El sujeto extrajo un arma. Era un revólver esos de tambor clásico. Lo empuñaba como si no supiera usarlo y su mano derecha temblaba como alguien con parkinson. La deflagración todavía resuena en mis oídos y el cañón humeante a veces lo tengo en primer plano. Según se dijo después se disparó solo y el proyectil, gracias a Dios no hirió a nadie, solo agujereo el pullover del Alberto. Quien no reaccionó muy bien.
-La concha bien de tu madre-gritó el regente y con el suéter roto tapó al joven, lo redujo en una toma kungfunesca y no sintiéndose satisfecho lo revoleo por la ventana hacia el patio. El brillo del sol celeste en los finos bordes del vidrio verde del ventanal hecho añicos, y cayendo en cámara lenta por el estallido cuando lo atravesó el muchacho, todavía vive en los recodos de mi memoria. El sonido que produjo el cuerpo al impactar solo lo había escuchado en la verdulería del gordo Maduro, ahí en calle 13, cuando le revoleaba a fabricio las bolsas de papas flacas
El flaco cayo sobre el césped y varios docentes y preceptores lo atraparon.
Cada septiembre, cerca de la primavera, la escuela de artes la celebraba con festivales de música, decoración y una explosion de arte. Los alumnos dábamos rienda suelta a nuestros más coloridos sueños y la única consigna era diversión. Algunos recitaban poemas, otros los escribían, así como cuentos, otros se pintaban el cuerpos, los más tímidos creamos la sociedad de las máscaras. En ese grupo estábamos Ismael, Pablito el villerito, Joaquin, Diego germen (su apellido era Grbin) y yo. Lo cierto era que nuestra timidez nos impedía mostrarnos cómo éramos, y cubrir nuestras caras era la excusa perfecta. El patio era una algarabía constante, bajo el cielo rosa de la tarde todos los locos del arte como nos decían expresabamos lo que nos atravesaba. Mis máscaras eran tristes, pues en ese entonces mi abuelo atravesaba la fase final de una leucemia, yo quería estar con él pero, mi familia insistía que no debía ver morir a un ser querido. Pablito realizó una máscara muy grotesca, con una expresión parecida a una parca, y de pronto comenzó a correrme por el patio asustándome, a modo de broma. Yo estaba aterrado porque sabía el significado de eso y mis gritos a través de la superficie de cartapesta y adhesivo vinílico se perdían en la cacofonía del bullicio artístico primaveral. De pronto me escondí tras un monumento que al parecer era del carcamal que donó el terreno para la escuela y cuando la lluvia de cerezos comenzó, por fin pude llorar.
Me quite la máscara y deje que las flores rosas que caían del cielo tocaran mi rostro y sostuve una a una las lagrimas de color ámbar. Junte varias en la palma y las arroje al cielo, y me las devolvió en cristales por donde la luz de un nuevo atardecer se filtraba. En eso Pablito me alcanzó y me vio llorar y jugar con las lágrimas. El abrazo que me dio hasta hoy sigo preguntándome quien era ese ser detras de la fachada de un niño, porque la forma de ese abrazo solo la había visto en mi abuelo.
-Te alcance pero me venciste, ¿Lo ves, las almas puras siempre escapan de la muerte?-dijo. Aún hoy con la memoria alterada por las inclemencias del paso del tiempo no llego del todo a comprender.
En el momento del cierre del festival artístico de primavera, los docentes nos pedían que hagamos algo y nuestro grupo de máscaras, no tuvo mejor idea que cerrar con un mural en carbonilla sobre papel obra dibujado por Pablito el villerito. Los rostros que dibujó sobre ese papel aún hoy están en mi mente. De una calidad insuperable, eran tres ancianos en un parque dando de comer a las palomas. Las expresiones de los rostros eran fascinantes, como el asombro, la incertidumbre y la serenidad hacían gala en los hombres era algo nunca visto. El director era quien daba el veredicto de la performance que más le había gustado y ese año el mural y mi corrida por la muerte quedarían por muchos años en las retinas de los presentes, entre docentes, padres y alumnos.
Aún hoy cuando el atardecer rosa de los martes cae sin previo aviso sobre el cielo de la Ciudad de las Diagonales, recorro con mi bastón las calles de la escuela de artes y desde la Plaza Rocha mientras me reúno con mis amigos de la tercera edad a darle de comer a las palomas, (excepto uno que nunca le da nada) mi mirada se pierde en la tercer ventana, donde todavía veo a Pablito el villerito con el guardapolvo roto y dibujando con su típica expresión concentrada, anticipándose al tiempo.
Carlos Fernando Villanueva
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