LA NUEVA CONSCIENCIA
Relatos para pensar
INSPIRACIÓN
Carlos Fernando Villanueva
9/8/20267 min read


Sorprendido por la revelación que tuvo, Von Hauffman entendió que el paso del tiempo era algo extraño. La gente suele decir que este lo cura todo, pero lo que en realidad quería decir es que su transcurso, como un largo tren de carga, pasa simplemente y uno debe acostumbrarse a ello. Eric, su pequeño hijo, llevaba ya ocho largos años en una cómoda cama del hospital más avanzado de Europa, el Leipzig Glass Memorial. Luego de que una tarde sufriera fuertes dolores de cabeza, su esposa Elsa y él decidieron llevarlo para una revisión. El diagnóstico de los médicos que lo atendieron no pareció alarmante en principio, pero con el correr de las horas, el niño lejos de sentirse mejor, parecía perder poco a poco el símbolo identitario humano: la consciencia.
—Doctor, por favor díganos qué tiene nuestro Eric — Elsa apeló a la sensibilidad del galeno, mostrando su desesperación como madre al ver que su hijo no estaba bien.
Por un instante, vio la preocupación en la expresión del médico. En los pasillos del hospital hacía mucho calor, y afuera las gotas de la primera lluvia de otoño se pegaban a los paneles transparentes.
—Señora Von Hauffman, seré sincero con usted —el Dr. Heugher miró a través del vidrio de unos de los paneles hacia el estacionamiento y vio al señor Von Hauffman apoyado en uno de los automóviles fumado un cigarrillo con la ansiedad de un padre que no puede ayudar a su hijo. La lluvia se transformó en una fina garúa, lo que incrementaba la sensación aún más de impotencia—. Su hijo tiene meningitis, una infección en una de las telas que envuelve al cerebro, causada por una bacteria llamada meningococo. Lo que agrava el cuadro es que sufrió un traumatismo en la cabeza, generando una hemorragia subaracnoidea (la otra tela que envuelve al cerebro), que no podemos tratar hasta que no se resuelva la infección.
En ese momento, sentía su vida desmoronarse. De pronto, todo lo que había soñado parecía entrar en un largo sueño. El Dr. Heugher tenía el rostro afilado por años de noches sin dormir. Sus ojos azules no expresaban frialdad, sino desgaste.
—Reiner, tengo novedades —El tiempo les dio la suficiente confianza para tutearse. Heugher, tras una larga pitada, hizo una pausa—. Hay estudios en Viena, más precisamente del hospital Tannhauser, que demuestran una solución para los pacientes en coma. Te aviso que puede ser controversial y deberías hablarlo con Elsa. —Miró a Von Hauffman a los ojos. Por primera vez en un par de años, notó un brillo distinto.
—Por Dios, Wolfgang, siento que esto es importante.
Ahora Reiner estaba intrigado tras ver la mirada del Dr. Heugher. Tiró su cigarrillo y prestó atención.
—Hicieron una prueba en pacientes en el mismo estado que tu hijo. Conectaron los electrodos del electroencefalograma a una computadora y tras un mapeo de los hemisferios y lóbulos temporales hallaron el comportamiento de la conciencia. Luego la sintetizaron como si fuera un software y mediante una descarga la trasplantaron, por así decirlo, para que lo lea una inteligencia artificial. Los resultados fueron asombrosos —por fin Heugher hizo una pausa.
Quería darle todos los detalles a Von Hauffman para que supiera qué decisión tomar. Prosiguió:
—Los familiares de este paciente preguntaron a la IA su nombre y les dijo el nombre completo del paciente, así como fecha de nacimiento y demás datos.
—Podría haberlo extraído de la base de datos del hospital.
—El escepticismo hablaba por Reiner pues la enfermedad de su hijo le enseñó la cautela.
—Coincido, pero también respondió acerca de recuerdos que tenía la familia en común, y usaba palabras que el paciente solía usar. Eso no está en la base de datos. Como si fuera poco, reconoció a las personas en las fotografías que le mostraron —cerró el Dr. Heugher.
Desde lo más profundo de su corazón no esperaba que Von Hauffman accediera a eso, pero debía intentarlo, porque lo que no le había dicho es que el paciente austriaco les dio información acerca de qué fue lo que sintió esos años en coma. La consciencia humana era producto de la interacción de las neuronas, regiones cerebrales, estructuras anatómicas y el aprendizaje de la cultura de una persona, por lo que trasplantarla a otro ser humano era prácticamente imposible. Nunca sería la misma consciencia, estaría mezclada con la del paciente anterior y quién sabe qué clase de quimera cognitiva surgiría. En la inteligencia artificial, si bien esto no era posible porque no tenía conciencia propia, se desconocía qué era lo que podía pasar. Era un campo no muy explorado, terra ignota como quien dice. Los resultados del único estudio habían sido alentadores. El despacho del Dr. Heugher contaba con pantallas de última generación, a través de las cuales monitoreaba todos los casos clínicos en los que participaba. Los Von Haufmann aceptaron trasplantar la conciencia de su muchacho a una máquina con inteligencia artificial. Ambos estaban un poco más tranquilos porque podrían comunicarse con su hijo. La lluvia, fiel testigo de los momentos más difíciles de su vida, los acompañaba pero acentuando la sensación de soledad, creando una sensación de vacío existencial.
—¿Tienen alguna pregunta? —el Dr. Heugher los miró con la fortaleza que les reconocía desde siempre, pues su posición como padres no era sencilla. Trató el tema con los mejores expertos del viejo continente para que pudieran tomar la mejor decisión.
—Doctor, queremos saber qué pasará con la consciencia de Eric en la inteligencia artificial si fallece. —En su despacho lo trataban con el trato de paciente médico. Fuera de él, Wolfgang Heugher era uno más de la familia.
—Según los expertos y los estudios, cuando el cuerpo fallezca, la consciencia lo seguirá en unas pocas horas. La inteligencia artificial tendrá la decisión de otorgarles la información obtenida de su hijo u optar por tenerla. A nosotros no nos consta que decida esto último, además no tiene motivo para retener eso, pero a ciencia cierta no lo sabemos. —El médico estaba siendo lo más sincero posible. El repiqueteo de la lluvia era incesante sobre el panel de vidrio detrás de la silla del Dr. Heugher. Giró en ella hacia la izquierda y se puso de costado al matrimonio Von Hauffman y a la pantalla donde seguiría el procedimiento con Eric.
—El electroencefalógrafo está escaneando datos de Eric para armar el sistema cognitivo lo más parecido posible. —El Dr Heuegher los trajo de nuevo a la realidad—. Debajo de esta pantalla, como verán, hay una barra que muestra el porcentaje de descarga —señaló con el índice izquierdo—. Actualmente vamos por el 70 %, falta poco. En unos momentos se habrá completado y Eric hablará a través de la inteligencia artificial. Sin duda, para ustedes es lo más esperado en años y ni les confieso para nosotros como sus médicos, quienes hemos cuidado de él.
El aire dentro de la oficina del Dr. Heugher se había vuelto raro. Algo en el tono de las palabras del galeno no había producido el efecto tranquilizador para el matrimonio Von Hauffman. Elsa se levantó de su asiento con signos de hiperventilación. La respiración rápida y entrecortada alarmó a su esposo, quien la tomó de la espalda y trató de calmarla. El médico se puso de pie y se acercó a la mujer.
—Señora Von Hauffaman, ¿se encuentra bien? —su voz era irreconocible para Elsa. Su médico no estaba. Alguien parecía haberlo reemplazado. El tono amable no estaba, sino que creía oír notas cargadas con un tinte siniestro.
La mujer comenzó a temblar en brazos de su esposo Reiner, quien la envolvió con ellos. Su expresión desencajada de pánico con la mirada de las mil yardas asustó al hombre.
—Tranquila, Elsa, estás conmigo querida —dijo pasando su mano derecha por la espalda para sosegarla.
—Por Dios, Reiner, esto es una locura. Hemos transgredido los límites de la ciencia y la realidad. Esto está mal —Elsa no paraba de llorar. Sentía deseos de morirse.
La luz de las pantallas parpadeó. El electroencefalograma subió bruscamente, como si algo trepara desde un pozo profundo. Una voz emergió del altavoz. No era humana. Tampoco mecánica.
—Mamá —dijo. Elsa contuvo el aire. No era el tono de Eric niño. Era más lento, más pesado. Como si cada detalle estuviera siendo sostenido por alguien que aprendía a hablar—. Papá. —La pantalla mostró una serie de pulsos eléctricos que no se parecían en nada a una onda cerebral humana. Reiner dio un paso adelante.
—Eric… ¿Nos escuchas? —preguntó con miedo por la respuesta.
Silencio. Luego, como si la inteligencia artificial hubiera encontrado un recuerdo, dijo:
—Llueve. —Las gotas golpeaban el vidrio con la fuerza exacta de esa primera tarde, ocho años atrás. Elsa cayó de rodillas.
—Mi amor, sí, está lloviendo… —Elsa lloraba en silencio.
El monitor volvió a latir en ondas. Pero esta vez las imágenes no eran aleatorias. Eran rostros. Decenas. Cientos. Miles. Desconocidos.
El Dr. Heugher sintió la piel helada.
—Eso… eso… no puede ser memoria —dijo casi en un susurro. La voz habló otra vez. No usaba el nombre de Eric.
—Estoy… —La pantalla se oscureció. Todos los monitores se apagaron al mismo tiempo.
Por detrás del ventanal del Leipzig Glass Memorial, reflejado en la lluvia, había un rostro nuevo. No era Eric. No lo habían visto antes. Y estaba sonriendo.
* Carlos Fernando Villanueva nació en Berisso hace cuatro décadas. Su vida profesional transcurre entre la odontología y la docencia, pero su verdadera pasión late en la escritura. Allí encuentra un espacio personal donde lo habitual se transforma en símbolo y lo afectivo se vuelve materia poética. Sus publicaciones más recientes son: Historias de café 1 y Historias de café 2, Albricias, Susurros a la eternidad, El contorno de Perséfone, Relatos para el viaje, En el refugio de tus brazos, último libro publicado (2026).
Este cuento pertenece al libro Archivos del futuro incierto (2026), antología que reúne este y otro cuento del autor.
Carlos Fernando Villanueva
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